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De recetas, recetarios y Don Armando Scannonne

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De recetas, recetarios y Don Armando Scannonne

Las recetas son el equivalente a las normas de ortografía y por lo tanto los recetarios serían como la gramática. Para datar el nacimiento de un idioma, se recurre a la primera edición de la primera gramática de esa lengua como es el caso del español, cuya fecha de nacimiento es el año 1492, en el que además de descubrirse este hermoso continente Nebrija publica su Gramática. Asimismo, pudiésemos decir que el primer recetario indica el nacimiento de la cocina de un país en el sentido de que alguien ha considerado por primera vez que el arte culinario de ese lugar es de tal envergadura que requiere ser conservado y pasado de generación en generación, pero no ya de boca en boca de madre a hija, sino en la indeleble escritura que le permitirá sobrevivir.
En el año 1861 Don José A. Díaz publica el primer recetario editado en Venezuela con el nombre de Cocina campestre y que es un libro curioso pues está dedicado a las personas que se dedican a la siembra y que a pesar de ser muy modestos, afirma el autor, tienen a su disposición la materia prima para prepararse comida que no sea “grosera, sino fina y abundante, sin necesidad de comprar otra cosa que la sal y algunos adminículos poco costosos”.
Desde 1861 para acá los recetarios se han multiplicado y hoy se han convertido en un lucrativo negocio para la industria editorial del país. De estos recetarios son pocos los que se dedican o incluyen comida venezolana como parte de su lista de recetas. Pero sin duda que uno de estos recetarios se destaca por haberse convertido en el paradigma de la cocina venezolana. “Tú haces el asado negro menos dulce que el de Scannonne” o “Yo le echo a la carne mechada más tomate del que dice Scannone” son frases que no sorprenderían a nadie pues las recetas que Don Armando Scannonne compiló en Mi Cocina. A la manera de Caracas se han convertido en el Standard a seguir.
El secreto de Scannone fue el haber supuesto que sus lectores pudieran no saber ni siquiera hervir agua, por lo que las instrucciones son detalladas y fáciles de seguir, a lo que se une el hecho de que las medidas son dadas en gramos, pero también en tazas por si acaso no tiene una pesa a mano.
Don Armando no sabe cocinar. Él mismo admite que su fuerte no son las destrezas necesarias para preparar alimentos en la cocina, pero la destreza de la que salió Mi Cocina no es manual, sino de otra índole. La base de datos que Don Armando tiene en su memoria de olores y sabores es de tal magnitud que muchos respetados chefs sostienen que no hay receta cuyos ingredientes no pueda intuir.
Desde pequeño apreció la buena comida que las cocineras de su casa preparaban bajo la estricta vigilancia de su madre. Los olores se convertirían en su reloj que le indicaba qué hora era, como el olor al papelón que muy de madrugada le agregaban al agua con que se haría el café de la mañana.
Es así como muchos años después y frustrado pensando que poco a poco los platos que se cocinaban en su infancia se cocinaban cada vez menos, por lo que decidió compilar estas recetas para los miembros de su familia quienes rápidamente empezaron a insistir en que estas recetas se publicaran, cosa que finalmente se hizo en 1982.
Para probar la importancia de este libro animo a cada uno de los lectores de esta columna que hoy comienza a que se levante y busque en la cocina un libro de mediano tamaño, grueso, de color rojo y que seguramente está sucio y demacrado por tanto uso. Si no lo consiguen pregunten a su mamá, a su tía o a cualquiera que cocine en su casa que dónde está el “Scannonne” y verán que por ahí anda. Por hacerle la vida más fácil a todos en la cocina y por garantizar que nunca se pierda el importante acervo que significa la cocina venezolana Don Armando Scannonne se merece todo nuestro respeto y agradecimiento.

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